el orden del día

Me imagino que en toda cotidianidad hay una guerra fría entre lo necesario y lo placentero -una guerra de categorías-. Y me imagino que en esta guerra fría los límites se difuminan y con ellos, la misma dicotomía acaba desmoronándose. Cualquier rutina, por minúscula -si no invisible- que se presente a ojos ajenos, puede acabar resultando,  para el actor que así la ha pensado y realiza, tan necesaria como el aire que respira.

En Pedigree de Georges Simenon (p.339, 1952):

Ha ordenado sus días de tal suerte que se han vuelto un encadenamiento armonioso de pequeñas alegrías y la más pequeña de esas alegrías que llega a faltar amenaza con derrumbar todo el edificio. Una taza de café y una rebanada de pan tostado con mantequilla, un plato de chícharos pálidos, la lectura del diario junto al fuego, una empleada doméstica que, sobre un taburete, limpia a fondo una vitrina, mil satisfacciones apacibles que lo esperan en cada recodo de la vida, que él ha previsto, y que lo hacen regocijarse por adelantado, le resultan tan necesarias como el aire que respira; gracias a esas alegrías está a salvo de un verdadero sufrimiento.

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