L’etnòleg d’aquí

Aquesta entrada no té relació directa amb la casa o l’espai domèstic, però sí està estretament lligada amb l’entrada anterior. Està íntimament relacionada amb el tema de l’observació: activitat bàsica i plataforma essencial per a la reflexió de l’etnòleg. Parla de com no és necessari viatjar a societats “exòtiques” per estudiar l’home, cosa que avui en dia ja no ens hauria de sorprendre, per altra banda. En definitiva, diu un munt de coses que penso i que mai havia llegit de manera tan concisa i clara. Efectivament, hi haurà qui viatgi cada any a llocs remots i hi haurà qui, de tant en tant, s’acosti al sud d’Itàlia o, per què no, a pocs quilòmetres de casa seva i sàpiga trobar l’exotisme que allà mateix resideix.

 

El etnólogo, al final de su primer viaje, elabora un modelo de reflexión que le servirá para las siguientes experiencias (el terreno de la primera experiencia nunca se olvida) y que orientará sus futuros estudios, ya conciernan al primer terreno visitado o a otro completamente distinto. En cualquier caso, es una especie de viaje interno que continúa, aunque pase por una observación minuciosa de las diferencias y los aspectos en común similares, de los contrastes y las similitudes. Llegado a este punto, el etnólogo se convierte en antropólogo, ya que amplía su reflexión, pero siempre dentro de un recorrido. Esta situación, por tanto, está muy lejos del turista que se limita a ir sumando a su lista los viajes que ha realizado, como si no fueran más que una serie de trofeos de caza, y que, cada año, ve acercarse el período vacacional con el mismo entusiasmo que el año anterior. La reflexión antropológica, en cambio, es cada vez más profunda y puede llegar a satisfacerse realizando desplazamientos cortos (M. Augé: 2007 (66-67).

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Haunted Houses (II)

En la mayoría de posesiones que nos son descritas se repiten unos patrones que conviene destacar. El fantasma ya está en la casa, por ejemplo. Y son los nuevos inquilinos los que se “topan” con él. Estos nuevos habitantes se encuentran con algún tipo de fuerza fantasmagórica que les imposibilita llevar una vida armoniosa, alejada de incomodidades. Es la lucha por un nuevo orden. Los recién llegados intentan hacerse suyo ese nuevo espacio y se encuentran con la oposición de un antiguo orden material el cual les genera trastornos, sean del tipo que sean. Quién no ha oído alguna vez que los muebles dejados por los antiguos inquilinos producen repelús.

El cine y la literatura se han recreado numerosas veces en relatos de casas encantadas. En este sentido, me gusta Beetlejuice especialmente por su osadía y su carácter explícito. Los protagonistas son los fantasmas y se manifiestan para preservar su casa y su orden. Pero también para hacer prevalecer un gusto y una estética, muy alejada del nuevo orden incipiente que se vislumbra.

Además, en Beetlejuice hay una intrahistoria muy maja. Y es que entre el nuevo matrimonio, habitantes físicos de la casa, también se masca la tensión. Y esta tensión es producida, en parte, por la disputa del nuevo espacio, el suyo y común. Recordemos cómo ella se muestra inflexible y participa de manera muy activa en la nueva decoración y distribución de los muebles y objetos. Él, en cambio, es un tipo resignado, que parece sentirse más cómodo con aquellos espacios ya encontrados, unos espacios que, austeros y convencionales al margen, le otorgan cierta calidez, cierto confort.

“Where we cannot possess we are in danger of becoming possessed”  (120:2001, D. Miller)

el orden del día

Me imagino que en toda cotidianidad hay una guerra fría entre lo necesario y lo placentero -una guerra de categorías-. Y me imagino que en esta guerra fría los límites se difuminan y con ellos, la misma dicotomía acaba desmoronándose. Cualquier rutina, por minúscula -si no invisible- que se presente a ojos ajenos, puede acabar resultando,  para el actor que así la ha pensado y realiza, tan necesaria como el aire que respira.

En Pedigree de Georges Simenon (p.339, 1952):

Ha ordenado sus días de tal suerte que se han vuelto un encadenamiento armonioso de pequeñas alegrías y la más pequeña de esas alegrías que llega a faltar amenaza con derrumbar todo el edificio. Una taza de café y una rebanada de pan tostado con mantequilla, un plato de chícharos pálidos, la lectura del diario junto al fuego, una empleada doméstica que, sobre un taburete, limpia a fondo una vitrina, mil satisfacciones apacibles que lo esperan en cada recodo de la vida, que él ha previsto, y que lo hacen regocijarse por adelantado, le resultan tan necesarias como el aire que respira; gracias a esas alegrías está a salvo de un verdadero sufrimiento.

la butaca y el reloj

Llevo varios días sin fumar hachís y la realidad empieza a mostrar unos tonos muy raros. Los muebles de mi casa, que habitualmente carecen de relieve, han cobrado un grado de corporeidad algo inquietante. Quiero decir que me relaciono con ellos y con el resto del hogar como si fuera una persona ajena a estos espacios. Antes, para alcanzar esta extrañeza, necesitaba el hachís, pero desde que he prescindido de él algo ha ido modificándose gradualmente en mi interior. Contemplo el salón y sólo reconozco como míos dos objetos: la butaca y el reloj.

p.132 de La soledad era esto, de Juan José Millas